Una riña, un cuchillo y una madre: la violencia mínima que ya es letal
No fue una balacera, ni un asalto planificado, ni una estructura criminal sofisticada. Fue algo “menor”: una discusión en una cafetería, una cortaplumas, dos hombres alterados. Y sin embargo, el resultado es el mismo de siempre: un muerto y una madre rota.
Ese es el dato que más debería alarmarnos.
La violencia en República Dominicana ya no necesita grandes escenarios. Le basta una esquina, una palabra mal dicha y un arma blanca al alcance de la mano. La frontera entre conflicto y tragedia se ha vuelto peligrosamente delgada.
Aquí no hay héroes ni épica. Hay fragilidad emocional, impulsividad y una cultura donde resolver tensiones por la vía de la agresión se ha normalizado. Discutir ya no es discutir: es arriesgar la vida.
Hay algo aún más inquietante:
el arma usada no fue ilegal, no fue sofisticada, no fue importada. Fue una cortaplumas, un objeto cotidiano. Eso significa que el problema no es solo el acceso a armas, sino la disposición a usarlas.
Cuando una riña termina en muerte, el Estado llega después, levanta evidencias, activa operativos y promete justicia. Todo correcto. Pero nada de eso devuelve la vida ni repara el daño emocional que queda sembrado en el barrio, en la familia, en quienes vieron caer a alguien que minutos antes estaba vivo.
La escena más elocuente no es la del crimen, sino la de la madre llegando al lugar, sin palabras. Ese silencio dice más que cualquier parte policial.
Porque al final, más allá de apodos, versiones preliminares o investigaciones en curso, lo que queda es una pregunta incómoda:
👉 ¿En qué momento discutir se convirtió en una sentencia de muerte?
Mientras sigamos tratando estos hechos como sucesos aislados, seguiremos contando muertos jóvenes, conflictos pequeños y duelos grandes.
Y la violencia, silenciosa pero constante, seguirá ganando terreno donde debería haber convivencia.



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