Cuando el púlpito no garantiza inocencia
El caso de Santiago Cruz Zúñiga, conocido como “apóstol”, detenido por tráfico ilegal de personas, no es solo un expediente judicial. Es una grieta más en una verdad incómoda: la investidura religiosa no inmuniza contra el delito ni convierte la palabra en virtud.
Hay algo especialmente perturbador cuando el delito no es solo migratorio, sino que involucra a un menor de edad oculto como mercancía, expuesto a un riesgo real de muerte por asfixia. Ahí se rompe cualquier discurso piadoso. No hay sermón que justifique un acto que pone en peligro una vida indefensa.
Por Frank Sánchez .Mirador Web 🧐
Este tipo de casos obliga a una pregunta que muchos evitan:
¿cuántas veces la fe ha sido usada como escudo, como disfraz, como atajo para generar confianza y bajar la guardia social?
La Biblia dice: “El justo es confiado como un león joven”. El que se sabe inocente no huye, no esconde, no oculta niños en vehículos adaptados. La verdadera justicia no necesita trucos ni rutas clandestinas.
No se trata de atacar la fe —sería injusto y simplista— sino de advertir sobre el peligro de confundir liderazgo espiritual con superioridad moral automática. Cuando la sociedad deja de cuestionar al “ungido”, abre la puerta al abuso, al silencio cómplice y, en el peor de los casos, al crimen.
Este arresto no juzga una religión.
Juzga un hecho.
Y recuerda algo esencial: nadie está por encima de la ley, ni siquiera quien predica desde un altar.
Porque cuando el discurso dice “salvación” pero los actos huelen a tráfico humano, el problema no es legal solamente: es ético, social y profundamente humano.
¿Existen apóstoles en la actualidad según la Biblia?
Santiago Cruz Zúñiga se autodenomina “apóstol”, un título que merece una aclaración bíblica para evitar confusiones deliberadas o ingenuas.
En el Nuevo Testamento, el término apóstol (del griego apostolos, “enviado”) se aplica de manera específica y limitada. En sentido estricto, los apóstoles fueron los doce escogidos por Jesucristo, a quienes se sumó posteriormente Pablo, llamado de forma extraordinaria y directa por el Señor (Gálatas 1:1).
La Biblia establece criterios claros para ese apostolado fundacional:
haber sido testigo de la resurrección de Cristo y haber recibido un llamado directo del Señor (Hechos 1:21-22). Por esa razón, el apostolado bíblico es irrepetible y no hereditario.
Algunos textos mencionan el término en un sentido funcional o misionero —personas enviadas a predicar—, pero nunca con la autoridad doctrinal ni el rango espiritual de los apóstoles originales. De hecho, el mismo Nuevo Testamento advierte sobre la aparición de falsos apóstoles (2 Corintios 11:13), capaces de disfrazarse de siervos de justicia.
Por tanto, desde una lectura bíblica clásica y ampliamente aceptada por el cristianismo histórico, no existen apóstoles en el sentido original en la actualidad. El uso moderno del título responde más a estructuras religiosas contemporáneas que a una continuidad bíblica comprobable.
Esta precisión no busca juzgar la fe de nadie, sino separar la doctrina de la autoexaltación, y recordar que, según el propio Evangelio, la autoridad espiritual se demuestra por el carácter y los hechos, no por el título que alguien se asigna.
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