Editorial | Mirador Web
Muchos hoy celebran creyendo que ha llegado la libertad a Venezuela , pero la historia demuestra otra cosa. Cada vez que una potencia extranjera entra a un país con el discurso de “salvarlo”, lo primero que aparece no es la democracia, sino el saqueo sistemático de sus recursos.
Irak fue invadido y quedó reducido a ruinas, mientras su petróleo pasó a manos extranjeras. Libia fue “liberada” y hoy prácticamente no existe como Estado: milicias armadas, esclavitud moderna y un caos permanente. Afganistán estuvo ocupado durante 20 años, con millones de muertos, y al final quedó peor que antes. Siria fue fragmentada y su petróleo terminó fuera del control de su propio pueblo. Haití lleva décadas bajo intervención internacional y continúa hundido en una miseria absoluta.
En América Latina esta historia no nos es ajena. Guatemala fue intervenida para proteger intereses bananeros y pagó el precio con décadas de dictaduras y sangre. Chile sufrió una intervención que trajo represión y la privatización de sus riquezas nacionales. Panamá fue invadido y quedó marcado para siempre en su soberanía y memoria colectiva.
No se trata de defender dictaduras ni gobiernos autoritarios, sino de no ser ingenuos. Ningún poder extranjero tiene derecho a entrar en casa ajena a “poner orden”. Los malos gobiernos caen con la presión y la lucha del propio pueblo, no entregando la nación a potencias que luego cobran la factura con petróleo, tierras y recursos estratégicos.
Al final, el patrón se repite una y otra vez: ellos se llevan las riquezas, y a los pueblos les dejan polvo, miseria y dependencia.
Por Anderson Martínez Sena

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