Por Frank Sánchez
En un mundo saturado de ruido, prisa y distracciones, el retiro se convierte en un acto contracultural. No es evasión ni debilidad: es una necesidad espiritual. Retirarse es crear el espacio donde el alma puede escucharse sin interferencias.
Cristo lo practicaba. Repetidas veces los Evangelios narran cómo se apartaba a lugares solitarios para orar, meditar y fortalecerse interiormente. Antes de decisiones cruciales, después de jornadas intensas, e incluso en medio de la multitud, Jesús buscaba el silencio. No huía del mundo; regresaba a él con mayor claridad y propósito.
El silencio no es ausencia, es revelación. En la soledad consciente se ordenan los pensamientos, se sanan las emociones y se despierta la conciencia. Allí, sin máscaras ni aplausos, el ser humano comienza a reconocer su verdadera identidad.
Es en ese retiro interior donde emerge la musa inspiradora: una voz suave, profunda, que no grita ni impone, pero orienta. En ese espacio íntimo se revela el ADN de Dios impreso en cada persona, recordándonos que pensar, contemplar y discernir también son actos de fe.
Si Cristo necesitó del retiro para mantenerse alineado con su misión, ¿cómo no lo vamos a necesitar nosotros? A veces, para volver al mundo con sentido, primero hay que aprender a estar a solas con Dios y con uno mismo.
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