Un jurado federal en Miami ordenó a la empresa Carnival Cruise Line pagar 300,000 dólares a una pasajera tras concluir que la compañía actuó con negligencia.
El motivo: servirle alcohol en exceso hasta llevarla a un estado de vulnerabilidad que terminó en caída y lesiones.
La demandante, Diana Sanders, enfermera de 45 años, recibió al menos 14 chupitos de tequila durante varias horas a bordo del crucero Carnival Radiance.
Horas después, entre la medianoche y la madrugada, cayó.
El resultado no fue menor: conmoción cerebral, dolores persistentes, posibles daños neurológicos, lesiones en la espalda y el coxis.
El jurado fue claro: la tripulación siguió sirviendo alcohol sin control, ignorando señales evidentes de riesgo.
No fue un accidente aislado. Fue una cadena de decisiones.
La defensa de la víctima apunta a un elemento clave: los paquetes de bebidas ilimitadas, un modelo de negocio que incentiva el consumo excesivo y, según el caso, puede empujar al personal a priorizar ingresos —vía propinas— por encima de la seguridad.
La noticia detrás de la noticia:
El fallo no solo castiga a una empresa, pone bajo la lupa toda una lógica comercial.
Porque cuando el consumo se convierte en producto ilimitado, el límite deja de ser humano… y pasa a ser económico.
Y ahí es donde comienza el problema.
En la industria de cruceros, vender más no siempre significa servir mejor.
A veces, significa servir de más.


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